El sida acampa en Guatemala. Soitu.es

"La esperanza de vida de las personas que ejercen la prostitución no supera, hoy por hoy, los 35 años. Mi lucha es una pelea por la supervivencia".

"Si ingreso de nuevo en la cárcel, no saldré con vida". Lo dice desde la experiencia. En 1993 fue detenida durante una redada policial. En la cárcel del barrio 18 fue violada en el patio del sector dos por cerca de 40 reclusos. "Todavía hoy no lo he podido olvidar". Acude a las drogas y al alcohol para encontrar algún motivo por el que seguir levantándose de la cama cada mañana. El sida ha encontrado en estas minorías un aliado. Ellas "nada pueden hacer": el Gobierno las ignora, la calle las persigue, los guardias de seguridad privada les disparan y sus clientes las usan como pura mercancía. "Sabemos que si usamos protección en las relaciones con nuestros clientes no querrán contratarnos. Y en la calle hay mucha competencia, lo mejor es cruzar los dedos y pensar que mañana será otro día", cuenta Johana mientras el virus se expande en silencio.

"En la calle sigue siendo un tema tabú, nadie quiere hacerse las pruebas ni medicarse. Prefieren desconocer su situación", remarca Johana, consciente del efecto multiplicador al ser el 95% de los contagios por vía sexual.

Para las entidades sociales la formación supone el mejor antídoto contra el sida. Una formación que les ayude a salir de la pobreza, a desarrollar hábitos de higiene y que les facilite la información necesaria para prevenir el contagio. La población más vulnerable continúa en las zonas rurales ajenas a los servicios sanitarios. Una situación que ha llevado a muchos a probar suerte en los Estados Unidos y que, lejos de conseguir su objetivo, han regresado a sus casas endeudados y portando el VIH. Así le ocurrió a la primera persona a la que se le diagnosticó la enfermedad en 1984. Desde entonces, el sida no ha hecho más que extenderse por el país a un ritmo rápido y silencioso.