La vida sexual de Epi y Blas

Evidentemente, son unos insensatos. Si hubiesen declarado su homosexualidad los muñequitos serían políticamente correctos y seguro que algún ministro o consejero autonómico hubiese hecho un comentario ingenioso al respecto. Su figura se hubiese incorporado a la parafernalia gay, los capítulos hubiesen sido repuestos en las televisiones, y no hay que descartar que alguna productora comenzase a preparar un remakede la serie con los guiones adaptados ya a su realidad de pareja estable. En cambio, al desechar salir del armario, los personajes se arriesgan a comenzar a generar una creciente antipatía social, dejar de resultar graciosos y que su camaradería comience a tener en breve plazo ribetes facistoides.

Lo que más llama la atención, más allá de que Epi y Blas compartan tálamo o no, es que ni siquiera dos muñecos de felpa puedan escapar al etiquetaje sexual que impone la sociedad actual. Tanto alarde de la condición sexual ha terminado convirtiendo la orientación erótica en cuestión de dominio público, y lo que antes era intimidad se ha convertido en una catalogación social inevitable: no faltará mucho para que los creadores de Barrio Sésamo tengan que aclarar también si la rana se llamaba Gustavo porque era transexual.
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