No debe sorprender que las manifestaciones del Papa sobre el uso del preservativo, recogidas en el libro “Luz del Mundo”, hayan sido interesadamente tergiversadas. De ello es muy consciente el propio Papa que no ha dudado en salir al paso del interesado revuelo suscitado para decir que sus palabras no necesitan corrección ni matización alguna, porque en nada cambian la doctrina de la Iglesia.
Tanto el Secretario general de la ONU como a las autoridades de Organización Mundial de la Salud deberían leer mejor lo que dice el Papa, y reconocer con los datos que ellos mismos manejan, que el uso indiscriminado del profiláctico, promovido con millones de dólares, no ha servido para frenar la pandemia del SIDA y sí ha contribuido a convertir la sexualidad en un juego peligroso para la salud al banalizarla. Esto es algo que Benedicto XVI ya advirtió en su viaje a África.
El Papa no ha corregido la doctrina de la Iglesia. Ha explicado que en el marco de situaciones moralmente desordenadas como la prostitución, el profiláctico puede reducir el riesgo de contagio. De esta forma ha clarificado con valentía una problemática dolorosa, permitiendo que la Iglesia actúe con más libertad y al margen de polémicas estériles, en su lucha denodada por atender a los enfermos, prevenir el contagio, y sobre todo humanizar la sexualidad. Esa es la verdadera apuesta de futuro.